lunes, 18 de febrero de 2013

El Ultimo Papa sera el próximo, el tiempo se acaba..Cristo Esta a las puertas

La Segunda Venida | Revelaciones 17 Revela estar solo a unos años!

Este es un estudio que dejara a cualquiera con la boca abierta, muy bien documentado históricamente, con evidencias claras, el tema que se toca es sobre el ultimo papa de la iglesia romana católica, que según el estudio sera el próximo papa tras la renuncia de el papa actual. Uno de los datos mas interesantes es que según este estudio la biblia revela claramente que Juan Pablo segundo sera el próximo y ultimo papa, o mas bien, un demonio se ara pasar como Juan Pablo Segundo.

Espero que vean el estudio y lo analysen de forma correcta.




Dios les bendiga

jueves, 6 de septiembre de 2012

La Enseñanza Biblica


En los dos Testamentos la fe está fundada en una *revelación divina, de la que son portadores los profetas (en el sentido general de la palabra). Pero esta revelación debe llegar al *conocimiento de los hombres hasta en sus detalles y en sus consecuencias prácticas. De ahí la importancia en el pueblo de Dios, de la enseñanza, que transmite en forma de instrucción la ciencia de las cosas divinas.

AT. En el AT se realiza esta función de diversas maneras, según la calidad de los que la desempeñan. Pero a través de todos ellos es siempre Dios quien enseña a su pueblo.

1. FORMAS DIVERSAS DE LA ENSEÑANZA. 1. El padre de familia, responsable de la *educación de sus hijos, debe transmitirles por este título el legado religioso del pasado nacional. No se trata de una enseñanza profundizada, sino de una catequesis elemental que encierra los elementos esenciales de la fe. Catequesis moral, que tiene por objeto los mandamientos de la *ley divina: "Estos mandamientos que te doy, tú los repetirás a tus hijos..." (Dt 6,7; 11,19). Catequesis litúrgica e histórica, que toma pie de las solemnidades de Israel para explicar su sentido y hacer presentes los grandes recuerdos que conmemoran: sacrificio de la *pascua (Éx 12,26) y rito de los ázimos (Éx 13,8). Las preguntas que hacen los niños acerca de las costumbres y de los ritos llevan naturalmente al padre a enseñarles el credo israelita (Dt 6, 20-25). Él también les enseña los viejos poemas que forman parte de la *tradición (Dt 31,19.22; 2Sa 1,18s). Así la enseñanza religiosa comienza en el marco familiar.

2. Los sacerdotes tienen en este terreno más amplia responsabilidad. Encargados por deber profesional del *culto y de la *ley, por este hecho desempeñan una función doctoral. En el Sinaí había Moisés recibido la ley con misión de darla a conocer al pueblo; así había venido a ser el primer maestro en Israel (Éx 24,3.12). Esta ley tienen ahora que enseñarla e interpretarla los levitas para que pueda penetrar en la vida (Dt 17,10s; 33,10; cf. 2Par 15,3). Un hombre como Samuel cumplió a conciencia este deber (ISa 12,23). Otros sacerdotes lo descuidan y por esta razón incurren en los reproches de los profetas (Os 4,6; 5,1; Jer 5,31; Mal 2,7). No es difícil imaginar el marco concreto de esta enseñanza. Son las fiestas que se celebran en los santuarios, como la renovación de la alianza en Siquem (Dt 27,9s; Jos 24,1-24), de la que sólo será una variante la promulgación de la ley por Esdras (Neh 8). La enseñanza dada versa sobre la ley, que debe-releerse y explicarse (Dt 31,9-13), y so`-e la historia del *designio de Dios (cf. Jos 24). Con la instrucción se mezcla naturalmente la parénesis para inducir al pueblo a vivir en la fe y a poner en práctica la ley. Se halla un eco de esta predicación sacerdotal en los cap. 4-11 del Deuteronomio, donde se reconoce todo un vocabulario de la enseñanza: "Escucha, Israel..." (Dt 4,1; 5,1); "Sabe que..." (4,39); "Pregunta..." (4,32); "Guárdate de olvidar..." (4,9; 8,lls). Conviene, en efecto, dar a conocer la palabra divina para que Israel la tenga constantemente en la memoria (Dt 11,18-21).

3. Los profetas tienen una misión diferente. La palabra de Dios que transmiten no está tomada de la *tradición, sino que la reciben directa-mente de Dios; al proclamarla amenazan, *exhortan, prometen, *consuelan... Todo esto no pertenece directa-mente a la enseñanza. Sin embargo, constantemente se apoyan en una catequesis que suponen conocida (comp. Os 4,1s y el Decálogo), reasumiendo sus temas esenciales. Ellos mismos tienen discípulos (Is 8,16; Jer 36,4), que propagan sus oráculos, y su mensaje viene a añadirse a la enseñanza tradicional para enriquecer los datos de ésta.


4. Los sabios son esencialmente docentes (Ecl 12,9). Cumplen para con sus *discípulos la misma función educativa que todo padre para con sus hijos (Eclo 30,3; cf. Prov 3,21; 4,1-17.20...); ¡desgraciados los discípulos que no los escuchen (Prov 5,12s)! Si hasta el exilio parece la ciencia sapiencial fundada en la experiencia de las generaciones más que en la palabra divina, en lo sucesivo asimila progresivamente el contenido de la ley y de los libros proféticos y le da curso para uso de todos. El maestro, así alimentado con la enseñanza tradicional, quiere transmitir a sus ((hijos" la verdadera *sabiduría (Job 33,33), el conocimiento y el *temor de Yahveh (Prov 2,5; Sal 34, 12), en una palabra, el saber religioso, que es condición de la vida feliz. Sin duda enseñando a los impíos las vías de Dios los inducirá a convertirse (Sal 51,15). El esfuerzo didáctico emprendido en los círculos de escribas sucede, pues, a la vez al de los sacerdotes y al de los profetas. En la "casa de escuela" (Eclo 51,23) dan los doctores a todos una instrucción sólida (Eclo 51,25s) que los ayuda a hallar a Dios.

II. YAHVEH, MAESTRO SOBERANO. 1. Por lo demás, más allá de todos estos maestros humanos importa saber descubrir al único maestro verdadero, del que reciben toda su autoridad: la palabra de Yahveh, inspirador de Moisés y de los profetas, es la fuente de la tradición que transmiten tanto los padres como los sacerdotes y los sabios. Así pues, a través de ellos enseña él a los hombres el saber y la sabiduría dándoles a conocer sus caminos y su ley (Sal 25,9; 94, 10ss). Su *sabiduría personificada se dirige a ellos para instruirlos (Prov 8,1-11.32-36), como lo haría un profeta o un doctor; por ella les vienen todos los bienes (Sab 7,11s). Así todo judío piadoso tiene conciencia de haber sido instruido por Dios des-de su juventud (Sal 71,17); por su parte le ruega sin cesar le enseñe sus caminos, sus mandamientos, sus voluntades (Sal 25,4; 143,10; 119, 7.12 y passim). Esta abertura del corazón a la enseñanza divina desborda ampliamente el conocimiento teórico de la ley y de las *Escrituras; su-pone una adhesión íntima que permite comprender en profundidad el mensaje de Dios y hacer que forme parte de la vida.

2. Es sabido; sin embargo, que la actitud de Israel para con Dios no comportó siempre esta docilidad de corazón. Los miembros del pueblo de Dios le volvieron con frecuencia la espalda y no aceptaron sus lecciones cuando los instruía con constancia (Jer 32,33). De ahí los castigos ejemplares infligidos por Dios a sus discípulos infieles. Para salir al paso a esta dureza de corazón promete Dios por los profetas que en los últimos tiempos se revelará a los hombres como el doctor por excelencia (Is 30,20s); obrará en lo más íntimo de su ser, de modo que *conozcan su ley sin tener necesidad de instruirse unos a otros acerca de ella (Jer 31,33s). Instruidos directamente por él, hallarán así la felicidad (Is 54,13). Gracia suprema, que hará eficaz todo el esfuerzo de instrucción realizado por los enviados divinos. Así será escuchada la oración de los salmistas.

NT. Cristo es el doctor por excelencia. Pero al confiar su palabra a sus apóstoles, les da una misión de enseñanza que prolonga la suya.

I. CRISTO, DOCTOR. 1. Durante la vida pública de Jesús, la enseñanza es un aspecto esencial de su actividad: enseña en las sinagogas (Mt 4, 23 p; Jn 6,59), en el templo (Mt 21,23 p; Jn 7,14), con ocasión de las fiestas (Jn 8,20), y hasta diariamente (Mt 26,55). Las formas de su enseñanza no rompen con las que emplean los doctores de Israel, con los que se mezcló durante su juventud (Le 2,46), a los que recibe cuando se presenta la ocasión (Jn 3,10) y que más de una vez lo interrogan (Mt 22,16s.36 p). Así le dan como a ellos el título de rabbi, es decir, maestro, y él lo acepta (Jn 13,13), aunque a los escribas de su tiempo les reprocha ir a caza de tal título, como si no hubiera para los hombres un solo maestro, que es Dios (Mt 23,7s).

2. Sin embargo, si aparece a las multitudes como un doctor entre los demás, se distingue de ellos de diversas maneras. A veces habla y obra como *profeta. O también se presenta como intérprete autorizado de la ley, a la que lleva a su perfección (Mt 5,17). En este sentido enseña con una *autoridad singular (Mt 13,54 p), a diferencia de los escribas, tan dispuestos a ocultarse tras la autoridad de los antiguos (Mt 7,29 p). Además, su doctrina ofrece un carácter de *novedad que sorprende a los oyentes (Me 1,27; 11,18), ya se trate de su anuncio del reino o de las reglas de vida que da: rompiendo con las cuestiones de escuela, objeto de una *tradición que él desecha (cf. Mt 15,1-9 p), quiere dar a conocer el mensaje auténtico de Dios e inducir a los hombres a aceptarlo.

3. El secreto de esta actitud tan nueva está en que, a diferencia de los doctores humanos, su doctrina no es de él, sino del que le ha enviado (Jn 7,16s); no dice sino lo que le enseña el Padre (Jn 8,28). Aceptar su enseñanza es, pues, ser dócil a Dios mismo. Pero para llegar a esto hace falta cierta disposición de corazón que inclina a cumplir la voluntad divina (Jn 7,17). Más pro-fundamente todavía, hay que haber recibido esa *gracia interior que, según la promesa de los profetas, hace al hombre dócil a la enseñanza de Dios (Jn 6,44s). Tocamos aquí con el misterio de la libertad humana y de la gracia : la palabra de Cristo doctor choca con la ceguera voluntaria de los que pretenden ver claro (cf. Jn 9,39ss).

II. LA ENSEÑANZA APOSTÓLICA. 1. Durante su vida pública confía Jesús a sus *discípulos misiones transitorias que atañen menos a la enseñanza en sus pormenores que a la proclamación del *Evangelio (Mt 10, 7 p). Sólo después de la resurrección reciben de él una orden precisa que los instituye a la vez "predica-dores, apóstoles y doctores" (cf. 2Tim 1,11): "Id, haced discípulos de todas las naciones... enseñándoles a observar todo lo que yo os he prescrito" (Mt 28,19s). Para la realización de esta tarea de perspectivas inmensas, les prometió entre tanto que les sería enviado el Espíritu Santo y que él les enseñaría todas las cosas (Jn 14, 26). Discípulos del *Espíritu , para llegar a ser perfectos discípulos de Cristo, transmitirán, por tanto, a los hombres una enseñanza que no vendrá de ellos, sino de Dios. Por esta razón podrán hablar con autoridad: el Señor mismo estará con ellos has-ta la consumación de los siglos (Mt 28,20; Jn 14,18s).

2. Después de pentecostés desempeñan los apóstoles esta misión de enseñanza, no en su propio nombre, sino "en nombre de Jesús" (Act 4, 18; 5,28), cuyos actos y palabras refieren cubriéndose siempre con su autoridad. Como Jesús, enseñan en el templo (Aet 5,21), en la sinagoga (Act 13,14...), en las casas particulares (Act 5,42). El objeto de esta enseñanza es ante todo la proclamación del mensaje de salvación. Jesús, Mesías e Hijo de Dios, colma la espera de Israel; su muerte y su resurrección son el cumplimiento de las Escrituras; hay que convertirse y creer en él para recibir el Espíritu prometido y librarse del juicio (cf. discurso de los Hechos). Catequesis elemental que quiere conducir a los hombres a la fe (cf. Act 2,22-40); después del bautismo se completa con una enseñanza más profundizada, a la que se muestran asiduos los primeros cristianos (Act 2,42). Entre los oyentes de fuera, algunos se extrañan de su novedad (cf. Act 17,19s); las autoridades judías se preocupan sobre todo por su éxito y tratan de prohibirla a hombres que no han recibido una formación normal de escribas (Act 4,13; cf. 5,28). En vano ; la enseñanza, después de extenderse por Judea, es llevada a multitudes considerables en todo el mundo griego. Se identifica con la *palabra (Act 18,11), con el *testimonio, con el *Evangelio. Si halla el camino de los corazones, es porque la fuerza del Espíritu la acompaña (cf. Act 2,17ss), del Espíritu, cuya *unción habita en los cristianos y los instruye de todo (lJn 2,27).

3. Por otra parte, el mismo Espíritu, con sus carisma. (cf. 1 Cor 12, 8.29) hace surgir en la Iglesia junto con los apóstoles a otros docentes que los ayudan en su función de evangelización: los didáskaloi, catequistas encargados de fijar y de desarrollar para las jóvenes comunidades el contenido del Evangelio (Act 13,1; Ef 4,11). Al mismo tiempo se constituye un cuerpo de doctrina que es la regla de la fe (cf. Rom 6,17). En la época de las epístolas pastorales ha tomado ya forma tradicional (1Tim 4,13.16; 5,17; 6,lss). Mientras la fe se ve amenazada por enseñanzas erróneas o fútiles (Rom 16, 17; Ef 4,3.14; 1Tim 1,3; 6,3; Ap 2,14s.24) propagadas por falsos doctores (2Tim 4,3; 2Pe 2,1), la conservación y la transmisión de este de-pósito auténtico es una de las preocupaciones esenciales de los pastores.

--> Discípulo - Educación - Error - Exhortar - Leche - Predicar - Sabiduría - Tradición

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

La Enseñanza Biblica


En los dos Testamentos la fe está fundada en una *revelación divina, de la que son portadores los profetas (en el sentido general de la palabra). Pero esta revelación debe llegar al *conocimiento de los hombres hasta en sus detalles y en sus consecuencias prácticas. De ahí la importancia en el pueblo de Dios, de la enseñanza, que transmite en forma de instrucción la ciencia de las cosas divinas.

AT. En el AT se realiza esta función de diversas maneras, según la calidad de los que la desempeñan. Pero a través de todos ellos es siempre Dios quien enseña a su pueblo.

1. FORMAS DIVERSAS DE LA ENSEÑANZA. 1. El padre de familia, responsable de la *educación de sus hijos, debe transmitirles por este título el legado religioso del pasado nacional. No se trata de una enseñanza profundizada, sino de una catequesis elemental que encierra los elementos esenciales de la fe. Catequesis moral, que tiene por objeto los mandamientos de la *ley divina: "Estos mandamientos que te doy, tú los repetirás a tus hijos..." (Dt 6,7; 11,19). Catequesis litúrgica e histórica, que toma pie de las solemnidades de Israel para explicar su sentido y hacer presentes los grandes recuerdos que conmemoran: sacrificio de la *pascua (Éx 12,26) y rito de los ázimos (Éx 13,8). Las preguntas que hacen los niños acerca de las costumbres y de los ritos llevan naturalmente al padre a enseñarles el credo israelita (Dt 6, 20-25). Él también les enseña los viejos poemas que forman parte de la *tradición (Dt 31,19.22; 2Sa 1,18s). Así la enseñanza religiosa comienza en el marco familiar.

2. Los sacerdotes tienen en este terreno más amplia responsabilidad. Encargados por deber profesional del *culto y de la *ley, por este hecho desempeñan una función doctoral. En el Sinaí había Moisés recibido la ley con misión de darla a conocer al pueblo; así había venido a ser el primer maestro en Israel (Éx 24,3.12). Esta ley tienen ahora que enseñarla e interpretarla los levitas para que pueda penetrar en la vida (Dt 17,10s; 33,10; cf. 2Par 15,3). Un hombre como Samuel cumplió a conciencia este deber (ISa 12,23). Otros sacerdotes lo descuidan y por esta razón incurren en los reproches de los profetas (Os 4,6; 5,1; Jer 5,31; Mal 2,7). No es difícil imaginar el marco concreto de esta enseñanza. Son las fiestas que se celebran en los santuarios, como la renovación de la alianza en Siquem (Dt 27,9s; Jos 24,1-24), de la que sólo será una variante la promulgación de la ley por Esdras (Neh 8). La enseñanza dada versa sobre la ley, que debe-releerse y explicarse (Dt 31,9-13), y so`-e la historia del *designio de Dios (cf. Jos 24). Con la instrucción se mezcla naturalmente la parénesis para inducir al pueblo a vivir en la fe y a poner en práctica la ley. Se halla un eco de esta predicación sacerdotal en los cap. 4-11 del Deuteronomio, donde se reconoce todo un vocabulario de la enseñanza: "Escucha, Israel..." (Dt 4,1; 5,1); "Sabe que..." (4,39); "Pregunta..." (4,32); "Guárdate de olvidar..." (4,9; 8,lls). Conviene, en efecto, dar a conocer la palabra divina para que Israel la tenga constantemente en la memoria (Dt 11,18-21).

3. Los profetas tienen una misión diferente. La palabra de Dios que transmiten no está tomada de la *tradición, sino que la reciben directa-mente de Dios; al proclamarla amenazan, *exhortan, prometen, *consuelan... Todo esto no pertenece directa-mente a la enseñanza. Sin embargo, constantemente se apoyan en una catequesis que suponen conocida (comp. Os 4,1s y el Decálogo), reasumiendo sus temas esenciales. Ellos mismos tienen discípulos (Is 8,16; Jer 36,4), que propagan sus oráculos, y su mensaje viene a añadirse a la enseñanza tradicional para enriquecer los datos de ésta.


4. Los sabios son esencialmente docentes (Ecl 12,9). Cumplen para con sus *discípulos la misma función educativa que todo padre para con sus hijos (Eclo 30,3; cf. Prov 3,21; 4,1-17.20...); ¡desgraciados los discípulos que no los escuchen (Prov 5,12s)! Si hasta el exilio parece la ciencia sapiencial fundada en la experiencia de las generaciones más que en la palabra divina, en lo sucesivo asimila progresivamente el contenido de la ley y de los libros proféticos y le da curso para uso de todos. El maestro, así alimentado con la enseñanza tradicional, quiere transmitir a sus ((hijos" la verdadera *sabiduría (Job 33,33), el conocimiento y el *temor de Yahveh (Prov 2,5; Sal 34, 12), en una palabra, el saber religioso, que es condición de la vida feliz. Sin duda enseñando a los impíos las vías de Dios los inducirá a convertirse (Sal 51,15). El esfuerzo didáctico emprendido en los círculos de escribas sucede, pues, a la vez al de los sacerdotes y al de los profetas. En la "casa de escuela" (Eclo 51,23) dan los doctores a todos una instrucción sólida (Eclo 51,25s) que los ayuda a hallar a Dios.

II. YAHVEH, MAESTRO SOBERANO. 1. Por lo demás, más allá de todos estos maestros humanos importa saber descubrir al único maestro verdadero, del que reciben toda su autoridad: la palabra de Yahveh, inspirador de Moisés y de los profetas, es la fuente de la tradición que transmiten tanto los padres como los sacerdotes y los sabios. Así pues, a través de ellos enseña él a los hombres el saber y la sabiduría dándoles a conocer sus caminos y su ley (Sal 25,9; 94, 10ss). Su *sabiduría personificada se dirige a ellos para instruirlos (Prov 8,1-11.32-36), como lo haría un profeta o un doctor; por ella les vienen todos los bienes (Sab 7,11s). Así todo judío piadoso tiene conciencia de haber sido instruido por Dios des-de su juventud (Sal 71,17); por su parte le ruega sin cesar le enseñe sus caminos, sus mandamientos, sus voluntades (Sal 25,4; 143,10; 119, 7.12 y passim). Esta abertura del corazón a la enseñanza divina desborda ampliamente el conocimiento teórico de la ley y de las *Escrituras; su-pone una adhesión íntima que permite comprender en profundidad el mensaje de Dios y hacer que forme parte de la vida.

2. Es sabido; sin embargo, que la actitud de Israel para con Dios no comportó siempre esta docilidad de corazón. Los miembros del pueblo de Dios le volvieron con frecuencia la espalda y no aceptaron sus lecciones cuando los instruía con constancia (Jer 32,33). De ahí los castigos ejemplares infligidos por Dios a sus discípulos infieles. Para salir al paso a esta dureza de corazón promete Dios por los profetas que en los últimos tiempos se revelará a los hombres como el doctor por excelencia (Is 30,20s); obrará en lo más íntimo de su ser, de modo que *conozcan su ley sin tener necesidad de instruirse unos a otros acerca de ella (Jer 31,33s). Instruidos directamente por él, hallarán así la felicidad (Is 54,13). Gracia suprema, que hará eficaz todo el esfuerzo de instrucción realizado por los enviados divinos. Así será escuchada la oración de los salmistas.

NT. Cristo es el doctor por excelencia. Pero al confiar su palabra a sus apóstoles, les da una misión de enseñanza que prolonga la suya.

I. CRISTO, DOCTOR. 1. Durante la vida pública de Jesús, la enseñanza es un aspecto esencial de su actividad: enseña en las sinagogas (Mt 4, 23 p; Jn 6,59), en el templo (Mt 21,23 p; Jn 7,14), con ocasión de las fiestas (Jn 8,20), y hasta diariamente (Mt 26,55). Las formas de su enseñanza no rompen con las que emplean los doctores de Israel, con los que se mezcló durante su juventud (Le 2,46), a los que recibe cuando se presenta la ocasión (Jn 3,10) y que más de una vez lo interrogan (Mt 22,16s.36 p). Así le dan como a ellos el título de rabbi, es decir, maestro, y él lo acepta (Jn 13,13), aunque a los escribas de su tiempo les reprocha ir a caza de tal título, como si no hubiera para los hombres un solo maestro, que es Dios (Mt 23,7s).

2. Sin embargo, si aparece a las multitudes como un doctor entre los demás, se distingue de ellos de diversas maneras. A veces habla y obra como *profeta. O también se presenta como intérprete autorizado de la ley, a la que lleva a su perfección (Mt 5,17). En este sentido enseña con una *autoridad singular (Mt 13,54 p), a diferencia de los escribas, tan dispuestos a ocultarse tras la autoridad de los antiguos (Mt 7,29 p). Además, su doctrina ofrece un carácter de *novedad que sorprende a los oyentes (Me 1,27; 11,18), ya se trate de su anuncio del reino o de las reglas de vida que da: rompiendo con las cuestiones de escuela, objeto de una *tradición que él desecha (cf. Mt 15,1-9 p), quiere dar a conocer el mensaje auténtico de Dios e inducir a los hombres a aceptarlo.

3. El secreto de esta actitud tan nueva está en que, a diferencia de los doctores humanos, su doctrina no es de él, sino del que le ha enviado (Jn 7,16s); no dice sino lo que le enseña el Padre (Jn 8,28). Aceptar su enseñanza es, pues, ser dócil a Dios mismo. Pero para llegar a esto hace falta cierta disposición de corazón que inclina a cumplir la voluntad divina (Jn 7,17). Más pro-fundamente todavía, hay que haber recibido esa *gracia interior que, según la promesa de los profetas, hace al hombre dócil a la enseñanza de Dios (Jn 6,44s). Tocamos aquí con el misterio de la libertad humana y de la gracia : la palabra de Cristo doctor choca con la ceguera voluntaria de los que pretenden ver claro (cf. Jn 9,39ss).

II. LA ENSEÑANZA APOSTÓLICA. 1. Durante su vida pública confía Jesús a sus *discípulos misiones transitorias que atañen menos a la enseñanza en sus pormenores que a la proclamación del *Evangelio (Mt 10, 7 p). Sólo después de la resurrección reciben de él una orden precisa que los instituye a la vez "predica-dores, apóstoles y doctores" (cf. 2Tim 1,11): "Id, haced discípulos de todas las naciones... enseñándoles a observar todo lo que yo os he prescrito" (Mt 28,19s). Para la realización de esta tarea de perspectivas inmensas, les prometió entre tanto que les sería enviado el Espíritu Santo y que él les enseñaría todas las cosas (Jn 14, 26). Discípulos del *Espíritu , para llegar a ser perfectos discípulos de Cristo, transmitirán, por tanto, a los hombres una enseñanza que no vendrá de ellos, sino de Dios. Por esta razón podrán hablar con autoridad: el Señor mismo estará con ellos has-ta la consumación de los siglos (Mt 28,20; Jn 14,18s).

2. Después de pentecostés desempeñan los apóstoles esta misión de enseñanza, no en su propio nombre, sino "en nombre de Jesús" (Act 4, 18; 5,28), cuyos actos y palabras refieren cubriéndose siempre con su autoridad. Como Jesús, enseñan en el templo (Aet 5,21), en la sinagoga (Act 13,14...), en las casas particulares (Act 5,42). El objeto de esta enseñanza es ante todo la proclamación del mensaje de salvación. Jesús, Mesías e Hijo de Dios, colma la espera de Israel; su muerte y su resurrección son el cumplimiento de las Escrituras; hay que convertirse y creer en él para recibir el Espíritu prometido y librarse del juicio (cf. discurso de los Hechos). Catequesis elemental que quiere conducir a los hombres a la fe (cf. Act 2,22-40); después del bautismo se completa con una enseñanza más profundizada, a la que se muestran asiduos los primeros cristianos (Act 2,42). Entre los oyentes de fuera, algunos se extrañan de su novedad (cf. Act 17,19s); las autoridades judías se preocupan sobre todo por su éxito y tratan de prohibirla a hombres que no han recibido una formación normal de escribas (Act 4,13; cf. 5,28). En vano ; la enseñanza, después de extenderse por Judea, es llevada a multitudes considerables en todo el mundo griego. Se identifica con la *palabra (Act 18,11), con el *testimonio, con el *Evangelio. Si halla el camino de los corazones, es porque la fuerza del Espíritu la acompaña (cf. Act 2,17ss), del Espíritu, cuya *unción habita en los cristianos y los instruye de todo (lJn 2,27).

3. Por otra parte, el mismo Espíritu, con sus carisma. (cf. 1 Cor 12, 8.29) hace surgir en la Iglesia junto con los apóstoles a otros docentes que los ayudan en su función de evangelización: los didáskaloi, catequistas encargados de fijar y de desarrollar para las jóvenes comunidades el contenido del Evangelio (Act 13,1; Ef 4,11). Al mismo tiempo se constituye un cuerpo de doctrina que es la regla de la fe (cf. Rom 6,17). En la época de las epístolas pastorales ha tomado ya forma tradicional (1Tim 4,13.16; 5,17; 6,lss). Mientras la fe se ve amenazada por enseñanzas erróneas o fútiles (Rom 16, 17; Ef 4,3.14; 1Tim 1,3; 6,3; Ap 2,14s.24) propagadas por falsos doctores (2Tim 4,3; 2Pe 2,1), la conservación y la transmisión de este de-pósito auténtico es una de las preocupaciones esenciales de los pastores.

--> Discípulo - Educación - Error - Exhortar - Leche - Predicar - Sabiduría - Tradición

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001

lunes, 9 de julio de 2012

Que Muchas Preguntas....¿Debemos como Cristianos hacernos tantas preguntas?

Debido a los últimos eventos en mi vida he entrado en una situación algo desesperante, me he vuelto a leer el libro de Exodo, Levítico y Números, también terminado el libro de El Progreso del Peregrino por Juan Bunyan, me he comenzado a leer El Libro de Los Mártires, y todo me ha llevado a analizar mi vida como cristiano en estos ultimos tiempos.

Realmente me he encontrado con una sitiacion algo confuza y angustiosa...

¿Realmente nosotros como cristianos adoramos al Dios de la biblia?
¿Realmente soy yo de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo?

Cuando miro los libros mencionados, y conozco un poco mas de Dios, me doy cuenta que realmente hay un problema serio... y la pregunta siguiente que me hago es..

¿Conozco a Dios realmente, al Dios de la Biblia?

Esto me ha llevado a un estado de angustia tremendo.

Cuando veo al Dios que presenta el Éxodo y los libro de Moisés, entiendo que Dios sigue siendo igual, claro ahora tenemos a Jesucristo, pero la Santidad, perfección, y todos los atributos del Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo siguen siendo eternamente iguales, no cambian.
Es hay donde surge otra pregunta...

¿Si yo realmente conociera a Dios, viviría como vivo, fallaría tanto?
¿O Por la gracia de Dios al darnos su Santo Espíritu, lucharía por vivir una vida de un verdadero Cristiano, el Cristiano que menciona y describe la biblia?

¿Soy yo como esos primeros Cristianos?

¿O soy yo como los "cristianos de hoy día"? (Esto entendiendo que hay muchos Cristianos tal como describe la biblia pues el cuerpo de Cristo esta haciendo su función todavía)

Miren, no quiero que me malinterpreten, pues no vengo a juzgar el Cristianismo de hoy dia ni mucho menos a la iglesia.....Lo que quiero plantearles es que veo tan diferentes las cosas hoy día, que definitivamente creo que algo anda muy mal, pero que muy mal.

Todas estas preguntas me surgen y lo que respiro es juicio y muerte, porque realmente no soy digno, y aunque lo sabia, jamas había entendido que realmente mi relación con Dios es tan pobre, que soy tan miserable y digno de muerte, que realmente me queda grande el nombre de cristiano aunque lo sea por la gracia y el favor que nuestro Padre nos da por medio de Jesucristo, y cuando pienso en Jesús, mucho mas aun veo que en mi estado miserable El Amor de Dios que sobre pasa todo entendimiento, su gracia y misericordia, su favor son demasiado grandes para que mi pobre mente pueda comprender....

Cuando realmente creia que entendia lo que era La Gracia de Dios, me doy cuenta que jamas podre comprenderla tal como es....

¿QUE ESTA PASANDO?
¿PORQUE ME SUCEDE ESTO CUANDO PASO POR LOS MEMENTOS MAS DUROS DE MI VIDA?

Y las preguntas siguen, muchas preguntas, las cuales me llevan a entender que jamas seré suficiente, que dependo totalmente de la gracia de Dios, aunque poco comprenda, solo me queda, caminar por Fe, no hay otra salida para el ser humano, caminar por Fe, pues...
¿Como Adorar al Dios Todo poderoso, si, ese Dios del monte sinai, sin morir, como fallar y pecar contra Dios sin morir?
Solo por la Fe, y me doy cuenta, que realmente hoy dia para llamarse Cristiano solo hay dos posibilidades..

1- Hay que estar BIEN LLENO DE FE en su Santo Espíritu...
2- Estar Loco de remate.

Dios les bendiga, y quiera Dios, que alguna vez, mires, si verdaderamente estas en la Fe o no mi amado Lector.

sábado, 23 de junio de 2012

Conversacion entre la Ignorancia y un Cristiano

Termine de leer esta preciosa obra literaria anoche, El Progreso del Peregrino por Juan Bunyan, un libro fantastico, que despues de la Santa Palabra de Dios creo sin duda alguna es el mejor libro.

Aqui les compartire un fragmento que esta en el capitulo  XIX del libro. 
Espero sea una buena reflexion para sus vidas como lo fue para la mia, les recomiendo el libro.


CAPÍTULO XIX
Hablan de nuevo los peregrinos con Ignorancia, y ven en sus
palabras el lenguaje de un cristiano, sólo de nombre, que no
ha conocido su estado de condenación, ni, por consiguiente,
su necesidad de ser perdonado y justificado por gracia.
Conversación que después tuvieron acerca de Temporario,
la cual es un aviso terrible y saludable para el lector.

Cuando Esperanza concluyó su razonamiento, que
acabamos de referir, volvió los ojos atrás y vio a Ignorancia
que los seguía, y dijo a Cristiano:
ESPER. —Poca pena se da ese joven por alcanzarnos.
CRIST. —Ya, ya lo creo; no le gusta sin duda nuestra
compañía.
ESPER. —Pues creo que no le hubiera venido mal el
habernos acompañado hasta ahora.
CRIST. —Esta es la verdad; pero apuesto a que él
piensa de muy diferente manera.
ESPER. —Sí, lo creo; sin embargo, esperémosle. (Así
hicieron.)
Luego que ya estuvo con ellos, dijo:
CRIST. —Vamos, hombre; ¿por qué te detuviste tanto?
IGNOR. —Me gusta mucho andar a solas, mucho más
que ir acompañado, a no ser que la compañía sea de grado—
dijo entonces Cristiano a Esperanza al oído —no te dije que
no le gustaba nuestra compañía?”
CRIST. —Pero, vamos, acércate, y empleemos nuestro
tiempo en este lugar solitario con una buena conversación.
Di, ¿cómo te va? ¿Cómo están las relaciones entre tú y tu
alma?
IGNOR. —Confío que bien; estoy siempre lleno de
buenos movimientos que vienen a mi mente para consolarme
en mi camino.
CRIST. —¿Qué buenos movimientos son esos?
IGNOR. —Pienso en Dios y en el cielo.
CRIST. —Esto hacen también los demonios y las almas
condenadas.
IGNOR. —Pero yo medito en ellos y los deseo.
CRIST. —Así hacen también muchos que no tienen
habilidad alguna de llegar a ellos jamás; desea y nada alcaza
el alma del perezoso.
IGNOR. —Pero yo pienso en ellos, y lo abandono todo
por ellos.
CRIST. —Mucho lo dudo, porque eso de abandonarlo es
cosa muy difícil. Sí, más difícil de lo que piensan muchos.
Pero ¿en qué te apoyas para pensar que lo has abandonado
todo por Dios y el cielo?
IGNOR. —Mi corazón me lo dicta.
CRIST. —Dice el Sabio que “el que confía en su
corazón es necio”.
IGNOR. —Eso es cuando el corazón es malo; el mío es
bueno.
CRIST. —¿Y cómo lo pruebas?
IGNOR. —Me consuelo con las esperanzas del cielo.
CRIST. —Eso bien puede ser un engaño; porque el
corazón de un hombre puede suministrarle consuelo con la
esperanza de aquella misma cosa que no tiene fundamento
alguno para esperar.
IGNOR. —Pero mi corazón y mi vida se armonizan
perfectamente, y, por lo mismo, mi esperanza está bien
fundada.
CRIST. —¿Quién te ha dicho que tu corazón y tu vida
están en armonía?
IGNOR. —Me lo dice mi corazón.
CRIST. —Pregunta a mi compañero si soy yo ladrón.
¡Tu corazón te lo dice! Si la palabra de Dios no da
testimonio en este asunto, otro testimonio es de ningún valor.
IGNOR. —Pero ¿no es bueno el corazón que tiene
buenos pensamientos? ¿Y no es buena la vida que está en
armonía con los mandamientos de Dios?
CRIST. —Sí; es verdad. Es corazón bueno el que tiene
buenos pensamientos, y vida buena la que está en armonía
con los mandamientos de Dios; pero, en verdad, una cosa es
tenerlos y otra cosa es pensar sólo que se tienen.
IGNOR. —Dime, pues, ¿qué entiendes tú por buenos
pensamientos y por conformidad de vida con los
mandamientos de Dios?
CRIST. —Hay buenos pensamientos de diversas clases:
unos, acerca de nosotros mismos; otros, acerca de Dios y
Cristo, y otros, acerca de otras cosas.
IGNOR. —¿Cuáles son los pensamientos buenos acerca
de nosotros mismos?
CRIST. —Los que estén en conformidad con la palabra
de Dios.
IGNOR. —¿Cuándo están conformes nuestros
pensamientos acerca de nosotros mismos con la palabra de
Dios?
CRIST. —Cuando hacemos de nosotros los mismos
juicios que hace la palabra. Me explicaré. Dice la palabra de
Dios de los que se encuentran en un estado natural, que “no
hay justo, que no hay quien haga el bien”. Dice también que
“todo designio de los pensamientos del corazón del hombre
es, de continuo, solamente el mal”; y añade: “el instinto del
corazón del hombre es malo desde su juventud”. Ahora bien;
cuando pensamos de nosotros mismos de esta manera y lo
sentimos verdaderamente, entonces son buenos nuestros
pensamientos, porque están en armonía con la palabra de
Dios.
IGNOR. —Nunca creeré que mi corazón es tan malo.
CRIST. —Por lo mismo, nunca has tenido en toda tu
vida un solo buen pensamiento de ti; pero déjame seguir,
como la palabra pronuncia sentencia sobre nuestros
corazones, la pronuncia también sobre nuestros caminos; y
cuando nuestros juicios acerca de nuestros corazones y
nuestros caminos concuerdan con el juicio que de ellos hace
la palabra, entonces ambos son buenos, porque están
conformidad unos con otros.
IGNOR. —Explica el sentido de esas palabras.
CRIST. —Dice la palabra de Dios que “los caminos del
hombre son torcidos”, que “no son buenos, sino pervertidos;
dice que “los hombres, por naturaleza, se han extraviado del
camino, que no lo han conocido siquiera”.
Ahora bien; cuando un hombre piensa así de sus
caminos es decir, cuando piensa con sentimiento y
humillación de corazón, entonces es cuando tiene buenos
pensamientos de sus propios caminos, porque sus juicios
concuerdan entonces con el juicio de la palabra de Dios.
IGNOR. —¿Qué son buenos pensamientos acerca de
Dios?
CRIST. —Lo mismo que he dicho acerca de nosotros
mismos: Cuando nuestros pensamientos sobre Dios
concuerdan con lo que dice de El la Palabra, y esto es cuando
pensamos en su ser y atributos, como la Palabra enseña; pero
de esto no puedo ocuparme ahora extensamente. Hablando
solamente de Dios en sus relaciones con nosotros, tenemos
pensamientos buenos y rectos El, cuando pensamos que nos
conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y puede ver el
pecado en nosotros, cuando nosotros no lo veamos en
manera alguna en nosotros mismos; cuando pensamos que
conoce nuestros pensamientos más íntimos, y que nuestro
corazón, con todas sus profundidades, está siempre
descubierto a sus ojos; cuando pensamos que todas nuestras
justicias hieden ante El, y, por tanto, no puede sufrir que
estemos en su presencia con confianza alguna en nuestras
obras, aun las mejores.
IGNOR. —¿Te parece que soy tan necio que crea que
Dios no ve más que lo que yo veo, o que me atrevería a
presentarme a Dios aun con la mejor de mis obras?
CRIST. —Pues entonces, ¿cómo piensas en este asunto?
IGNOR. —Pues, para decirlo en pocas palabras, creo
que es necesario tener fe en Cristo para ser justificado.
CRIST. —¿Cómo piensas que puedes tener fe en Cristo,
cuando no ves tú necesidad de El, ni conoces tus debilidades,
ni originales ni actuales; antes bien, tienes de ti mismo y de
lo que haces una opinión tal, que prueba muy claramente que
nunca has visto la necesidad de la justicia personal de Cristo
para justificarte delante de Dios? ¿Cómo, siendo esto así,
puedes decir: Yo creo en Cristo?
IGNOR. —Creo bastante bien, a pesar de todo eso.
CRIST. —¿Y cómo crees?
IGNOR. —Creo que Cristo murió por los pecadores, y
que seré justificado delante de Dios y libre de la maldición,
mediante que El acepta graciosamente mi obediencia a su
ley; o, para decirlo de otra manera: Cristo hace que mis
deberes religiosos sean aceptables a su Padre, en virtud de
sus méritos, y de este modo, yo soy justificado.
CRIST. —Permíteme que conteste a esta tu confesión de
fe:
1°, Crees con una fe fantástica, porque tal fe no la
encuentro así escrita en ninguna parte de la Palabra.
2°, Crees con una fe falsa, porque quita la
justificación de la justicia personal de Cristo y la
aplica a la tuya propia.
3°, Esa fe hace que Cristo sea el que justifica, no tu
persona, sino tus acciones, y luego tu persona por
causa de tus acciones, y esto es falso.
4º, Por tanto, esta fe es engañosa, y tal que te dejará
bajo la ira en el día del Dios Altísimo, porque la
verdadera fe justificante hace que el alma,
convencida de su condición por la ley, acuda por
refugio a la justicia de Cristo (cuya justicia no es un
acto de gracia, en el cual; que tu obediencia sea
aceptada por parte de Dios y la justificación, sino su
obediencia personal a la ley en hacer y sufrir por
nosotros lo que aquélla exigió de nosotros). Esta
justificación, digo, la verdadera fe la acepta, y bajo
su manto el alma está abrigada, y por ello se
presenta sin mancha delante de Dios, y es aceptada
y absuelta de la condenación.
IGNOR. —Pero qué, ¿quieres que nos confiemos en lo
que Cristo ha hecho en su propia persona sin nuestra
participación? Esta fantasía daría rienda suelta a nuestras
concupiscencias, y nos permitiría vivir según nuestro propio
antojo; porque, ¿qué nos importaría el cómo viviésemos, si
podemos ser justificados de todo por la justicia personal de
Cristo con sólo tener fe en ella?
CRIST. —Ignorancia te llamas, y es mucha verdad; eso
eres, y esa tu última contestación lo pone en evidencia,
ignorante estás de lo que es la justicia que justifica, y
también ignorante de cómo has de asegurar tu alma por fe de
la terrible ira de Dios. También ignoras los verdaderos
efectos de esta fe salvadora en la justicia de Cristo, que son:
inclinar y ganar el corazón a Dios en Cristo, que ame su
nombre, su palabra, sus caminos y su pueblo, y no como tú,
en tu ignorancia, te lo imaginas.
ESPER. —Pregúntale si alguna vez se le ha revelado
Cristo desde el cielo.
IGNOR. —¿Cómo? ¿Eres tú de los que creen en
revelaciones? Vaya, creo que lo que tú y comparsa decís
sobre materia no es más que el fruto de un cerebro
desordenado.
ESPER. —Pero hombre, Cristo está tan escondido en
Dios de la compresión natural de la carne, que nadie puede
conocerle de una manera salvadora, si Dios, el Padre, no se
lo revela.
IGNOR. —Esa será tu creencia, pero no la mía, y, sin
embargo, no dudo de que la mía sea tan buena como la tuya,
aunque mi cabeza no esté como la de ustedes.
CRIST. —Permitidme que tercie aquí con una palabra:
no se debe hablar tan ligeramente de este asunto, porque yo
afirmo rotunda y resueltamente lo mismo que mi buen
compañero: que ningún hombre puede conocer a Jesucristo
sino por la revelación del Padre. Más aún: Que la fe, por la
cual el alma se hace de Cristo para ser una fe recta, ha de ser
operada por la supereminente grandeza de su poder. De esta
operación de la fe percibo que nada sabes, pobrecito
Ignorancia. Despiértate, pues, reconoce tu propia miseria y
acude al Señor Jesús, y por su justicia, que es la justicia de
Dios (porque él mismo es Dios), serás librado de la
condenación.
IGNOR. —Andáis muy de prisa; no puedo andar a
vuestro paso; idos delante; tengo que detenerme todavía.
Y se despidió de ellos.
Entonces dijo Cristiano a su compañero:
CRIST. —Vamos, pues, buen Esperanza; está visto que
tú y yo hemos de andar otra vez solitos.
Dieron, pues, a caminar a buen paso, mientras
Ignorancia los seguía cojeando; y mientras caminaban les oí
el siguiente diálogo:
CRIST. —Mucha lástima me da este pobre. Creo que al
fin lo va a pasar muy mal.
ESPER. —Desgraciadamente, hay muchísimos en
nuestra ciudad que están en la misma condición, familias
enteras y aun calles enteras, y eso que son también
peregrinos, y si hay tantos entre nosotros, calcula cuántos
habrá en el lugar donde él nació.
CRIST. —Sí, dice la verdad la Palabra: “Les ha cerrado
los ojos para que no vean...”
Pero ahora que estamos otra vez solitos, dime: ¿qué te
parece de tales hombres? ¿Crees tu que alguna que otra vez
tengan convicción de pecado y, por consiguiente, temores de
que están en estado peligroso?
ESPER. —Esa pregunta nadie mejor que tú misino
puede contestarla, pues eres mayor que yo.
CRIST. —Mi respuesta es que, a mi parecer, es posible:
las tengan alguna que otra vez; pero siendo por naturaleza
ignorantes, no comprenden que esta convicción tiende a su
provecho, y buscan de todos modos ahogarla, siguen
presuntuosamente adulándose a sí mismos en el camino de
sus propios corazones.
ESPER —En efecto, también yo creo como tú que el
miedo sirve mucho para bien de los hombres y para hacerles
ir derechos al principio de su peregrinación.
CRIST. —De eso no podemos dudar que es bueno, por
eso así lo dice la Palabra: “El temor de Jehová es el principio
de la sabiduría”.
ESPER. —¿Cómo podrías tú describir el miedo que es
bueno?
CRIST. —El miedo bueno se describe por tres cosas:
1º, Por su origen, es causado por las convicciones
salvadoras de pecado.
2º, Impele al alma a asirse de Cristo para salvación.
3º, Engendra y conserva en el alma una gran
reverencia a Dios y a su Palabra y a sus caminos,
manteniéndola tierna y haciéndola temerosa de
volverse de ellos a diestra y siniestra, o hacer cosa
alguna que pudiera deshonrar a Dios, alterar su paz,
contristar al Espíritu Santo, ser causa de que el
enemigo hiciese algún reproche.
ESPER. —Estoy conforme; creo que has dicho la
verdad. ¿No hemos salido todavía del terreno encantado?
CRIST. —Pues qué, ¿te cansa esta conversación?
ESPER. —No por cierto; pero quisiera saber dónde
estamos.
CRIST. —Aún nos falta como una legua que andar para
salir de él; pero volvamos a nuestro asunto. Los ignorantes
no conocen que tales convicciones que les atemorizan para
su bien, y por esto procuran ahogarlas.
ESPER. —¿Y cómo procuran ahogarlas?
CRIST. —1°, Creen que esos temores son obra del
demonio (aunque en verdad son de Dios), y así los resisten
como cosas que tienden directamente a su ruina. 2°, Piensan
también que los tales temores tienden a perjudicar su fe,
cuando, ¡desgraciados de ellos!, no tienen ninguna, y por
esto endurecen su corazón contra ellos. 3°, Suponen que no
deben temer, y por esto, a pesar de sus temores, se hacen
vanamente confiados. 4°, Opinan que estos temores tienden a
rebajar su antigua y miserable propia santidad, y por esto los
resisten con toda su fuerza.
ESPER. —Algo de esto he experimentado yo mismo,
porque antes de convencerme a mí mismo me pasó lo que
acabas de decir.
CRIST. —Bueno, dejaremos ya por ahora a nuestro
vecino Ignorancia, y nos ocuparemos de otra cuestión
provechosa.
ESPER. —Enhorabuena; pero te suplico que la
propongas también tú otra vez.
CRIST. —Pues bien; ¿conociste allá en tu tierra, hace
cosa de unos diez años, a un tal Temporario, que era
entonces un hombre bastante fervoroso en religión?
ESPER. —¡Oh! Sí, no lo he olvidado; vivía en
Singracia, pueblo que dista cosa de media legua de
Honradez, y su casa estaba inmediata a la de un tal Vuelveatrás.
CRIST. —Tienes razón. Vivía con él bajo el mismo
techo. Bueno, pues ese estuvo una vez muy despierto; creo
que entonces tenía alguna convicción de sus pecados y de la
paga que se les debe.
ESPER. —Así era, efectivamente. Su casa no distaba
más que una legua de la mía, y solía muchas veces venir a mí
y con muchas lágrimas; en verdad que me daba lástima, y no
perdí del todo mis esperanzas sobre él; pero está visto que no
son cristianos todos los que dicen: ¡Señor, Señor!
CRIST. —Me dijo una vez que estaba resuelto a ir en
peregrinación, como hacemos nosotros ahora; pero de
repente tuvo conocimiento con un tal Sálvese-él-mismo, y
entonces ya dejó mi amistad.
ESPER. —Pues ya que hablamos de él, inquiramos la
razón de su repentina apostasía y de la de otros como él.
CRIST. —Nos podrá servir de mucho provecho; pero
ahora empieza tú.
ESPER. —Pues bien; en mi juicio hay cuatro razones a
ella:
1ª, Aunque están despiertas las conciencias de tales
hombres, sin embargo, sus corazones no se han
cambiado; eso, cuando se amortigua la fuerza de la
culpa, acaba también lo que les inducía a ser
religiosos, y, naturalmente vuelven otra vez a sus
antiguos caminos, así como vemos que el perro
vuelve a su vómito, y la puerca lavada a volcarse en
el cieno. Como he dicho, éstos buscan ávidos el
cielo, sólo a causa de su aprensión y temores de
tormentos del infierno, y una vez entibiada y
resfriada la aprensión del infierno y su temor de la
condenación, se entibian y resfrían también sus
deseos del cielo y de la salvación, y por esto cuando
han pasado su culpa y temor, acaban también sus
deseos y vuelven a sus caminos.
2ª, Otra razón es que sus temores son serviles, es
decir no son éstos temores de Dios, sino temores de
los hombres, y “el temor del hambre pondrá lazo”.
Así aunque aparecen muy ávidos del cielo, mientras
sienten las llamas del infierno alrededor de ellos; sin
embargo, cuando ese terror ha pasado un poco, ya
les vienen otros pensamientos, como son, que es
bueno ser prudente y no arriesgar por lo que no
saben la pérdida de todo, o a lo menos, que no es
bueno meterse en inevitables e innecesarias
aflicciones, y así vuelven a hacer sus paces otra vez
con el mundo.
3ª, También suele ser tropezadero en su camino la
vergüenza que suele acompañar a la religión; son
orgullosos y altivos, y la religión, a sus ojos, es baja
y despreciable; por esto, una vez perdido su sentido
del infierno y de la ira venidera, vuelven a su
antiguo modo de vivir.
4ª, Les parece son muy gravosos la culpa y el
pensar con terror en ella; no les gusta contemplar
sus miserias antes de tiempo; porque aunque tal vez
la primera consideración de esto les haría refugiarse
donde se refugian los justos, y donde estuviesen
seguros, sin embargo, como rehuyen esos
pensamientos de la culpa y del terror, una vez que
ya se han hecho insensibles a sus convicciones y al
temor de la ira de Dios, endurecen voluntariamente
sus corazones, y escogen precisamente los caminos
que contribuyen más a este endurecimiento.
CRIST. —Creo que vas bastante acertado, porque el
fundamento de todo es la falta de un cambio en su corazón y
voluntad, y por eso son semejantes al reo cuando está delante
del juez. Se estremece y tiembla, y parece arrepentirse de
todo corazón; pero la causa de todo esto es el temor que tiene
de la horca y no el odio al delito; dejad si no a tal hombre en
libertad, y seguirá siendo un ladrón y un malvado como
antes, mientras que si hubiera cambiado su corazón, hubiera
cambiado también su conducta.
ESPER. —Ya que yo te he mostrado las razones de la
apostasía de éstos, muéstrame tú ahora la manera de ella.
CRIST. —Voy a hacerlo de buena voluntad:
1°, Apartan sus pensamientos todo lo posible de la
meditación y el recuerdo de Dios, de la muerte y del
juicio venidero.
2°, Abandonan poco a poco, y por grados, sus
deberes privados, como la oración secreta, el
refrenamiento de sus concupiscencias, la vigilancia
sobre si mismos, el dolor de pecados y otros
semejantes.
3°, Luego huyen de la compañía de los cristianos
fervorosos y entusiastas.
4º, Se van enfriando en cuanto a los deberes
públicos, como la lectura y predicación de la
palabra, trato piadoso con otros cristianos, etc.
5º, Ya empieza a gustarles cortar sayos, como se
dice, (criticar) a las personas piadosas, y esto de una
manera infernal, para tener una excusa aparente
para echar fuera la religión, con el pretexto de
algunas debilidades que han descubierto en los que
la profesan.
6º, Después vienen a adherirse y asociarse con
hombres carnales, licenciosos y livianos.
7º, Luego se entregan secretamente a
conversaciones carnales y livianas, alegrándose de
ver cosas semejantes en algunos que son tenidos por
honrados, para disfrazarse con ellos y poder hacerlo
más atrevidamente.
8°, Por fin empiezan a jugar abiertamente con los
pecadillos, llamándolos cosa de poca entidad; y
9º, Endureciéndose de esta manera se manifiestan
enteramente como son. Así, habiéndose lanzado
en el abismo de la miseria, si un milagro de la
gracia no lo previene, perecen para siempre en sus
propios engaños.

En los proximos dias sibire el libro en PDF y ePup para telefonos iOS.