Termine de leer esta preciosa obra literaria anoche, El Progreso del Peregrino por Juan Bunyan, un libro fantastico, que despues de la Santa Palabra de Dios creo sin duda alguna es el mejor libro.
Aqui les compartire un fragmento que esta en el capitulo XIX del libro.
Espero sea una buena reflexion para sus vidas como lo fue para la mia, les recomiendo el libro.
CAPÍTULO XIX
Hablan de nuevo los peregrinos con Ignorancia, y ven en
sus
palabras el lenguaje de un cristiano, sólo de nombre, que
no
ha conocido su estado de condenación, ni, por
consiguiente,
su necesidad de ser perdonado y justificado por gracia.
Conversación que después tuvieron acerca de Temporario,
la cual es un aviso terrible y saludable para el lector.
Cuando Esperanza concluyó su razonamiento, que
acabamos de referir, volvió los ojos atrás y vio a Ignorancia
que los seguía, y dijo a Cristiano:
ESPER. —Poca pena se da ese joven por alcanzarnos.
CRIST. —Ya, ya lo creo; no le gusta sin duda nuestra
compañía.
ESPER. —Pues creo que no le hubiera venido mal el
habernos acompañado hasta ahora.
CRIST. —Esta es la verdad; pero apuesto a que él
piensa de muy diferente manera.
ESPER. —Sí, lo creo; sin embargo, esperémosle. (Así
hicieron.)
Luego que ya estuvo con ellos, dijo:
CRIST. —Vamos, hombre; ¿por qué te detuviste tanto?
IGNOR. —Me gusta mucho andar a solas, mucho más
que ir acompañado, a no ser que la compañía sea de grado—
dijo entonces Cristiano a Esperanza al oído —no te dije que
no le gustaba nuestra compañía?”
CRIST. —Pero, vamos, acércate, y empleemos nuestro
tiempo en este lugar solitario con una buena conversación.
Di, ¿cómo te va? ¿Cómo están las relaciones entre tú y tu
alma?
IGNOR. —Confío que bien; estoy siempre lleno de
buenos movimientos que vienen a mi mente para consolarme
en mi camino.
CRIST. —¿Qué buenos movimientos son esos?
IGNOR. —Pienso en Dios y en el cielo.
CRIST. —Esto hacen también los demonios y las almas
condenadas.
IGNOR. —Pero yo medito en ellos y los deseo.
CRIST. —Así hacen también muchos que no tienen
habilidad alguna de llegar a ellos jamás; desea y nada alcaza
el alma del perezoso.
IGNOR. —Pero yo pienso en ellos, y lo abandono todo
por ellos.
CRIST. —Mucho lo dudo, porque eso de abandonarlo es
cosa muy difícil. Sí, más difícil de lo que piensan muchos.
Pero ¿en qué te apoyas para pensar que lo has abandonado
todo por Dios y el cielo?
IGNOR. —Mi corazón me lo dicta.
CRIST. —Dice el Sabio que “el que confía en su
corazón es necio”.
IGNOR. —Eso es cuando el corazón es malo; el mío es
bueno.
CRIST. —¿Y cómo lo pruebas?
IGNOR. —Me consuelo con las esperanzas del cielo.
CRIST. —Eso bien puede ser un engaño; porque el
corazón de un hombre puede suministrarle consuelo con la
esperanza de aquella misma cosa que no tiene fundamento
alguno para esperar.
IGNOR. —Pero mi corazón y mi vida se armonizan
perfectamente, y, por lo mismo, mi esperanza está bien
fundada.
CRIST. —¿Quién te ha dicho que tu corazón y tu vida
están en armonía?
IGNOR. —Me lo dice mi corazón.
CRIST. —Pregunta a mi compañero si soy yo ladrón.
¡Tu corazón te lo dice! Si la palabra de Dios no da
testimonio en este asunto, otro testimonio es de ningún valor.
IGNOR. —Pero ¿no es bueno el corazón que tiene
buenos pensamientos? ¿Y no es buena la vida que está en
armonía con los mandamientos de Dios?
CRIST. —Sí; es verdad. Es corazón bueno el que tiene
buenos pensamientos, y vida buena la que está en armonía
con los mandamientos de Dios; pero, en verdad, una cosa es
tenerlos y otra cosa es pensar sólo que se tienen.
IGNOR. —Dime, pues, ¿qué entiendes tú por buenos
pensamientos y por conformidad de vida con los
mandamientos de Dios?
CRIST. —Hay buenos pensamientos de diversas clases:
unos, acerca de nosotros mismos; otros, acerca de Dios y
Cristo, y otros, acerca de otras cosas.
IGNOR. —¿Cuáles son los pensamientos buenos acerca
de nosotros mismos?
CRIST. —Los que estén en conformidad con la palabra
de Dios.
IGNOR. —¿Cuándo están conformes nuestros
pensamientos acerca de nosotros mismos con la palabra de
Dios?
CRIST. —Cuando hacemos de nosotros los mismos
juicios que hace la palabra. Me explicaré. Dice la palabra de
Dios de los que se encuentran en un estado natural, que “no
hay justo, que no hay quien haga el bien”. Dice también que
“todo designio de los pensamientos del corazón del hombre
es, de continuo, solamente el mal”; y añade: “el instinto del
corazón del hombre es malo desde su juventud”. Ahora bien;
cuando pensamos de nosotros mismos de esta manera y lo
sentimos verdaderamente, entonces son buenos nuestros
pensamientos, porque están en armonía con la palabra de
Dios.
IGNOR. —Nunca creeré que mi corazón es tan malo.
CRIST. —Por lo mismo, nunca has tenido en toda tu
vida un solo buen pensamiento de ti; pero déjame seguir,
como la palabra pronuncia sentencia sobre nuestros
corazones, la pronuncia también sobre nuestros caminos; y
cuando nuestros juicios acerca de nuestros corazones y
nuestros caminos concuerdan con el juicio que de ellos hace
la palabra, entonces ambos son buenos, porque están
conformidad unos con otros.
IGNOR. —Explica el sentido de esas palabras.
CRIST. —Dice la palabra de Dios que “los caminos del
hombre son torcidos”, que “no son buenos, sino pervertidos;
dice que “los hombres, por naturaleza, se han extraviado del
camino, que no lo han conocido siquiera”.
Ahora bien; cuando un hombre piensa así de sus
caminos es decir, cuando piensa con sentimiento y
humillación de corazón, entonces es cuando tiene buenos
pensamientos de sus propios caminos, porque sus juicios
concuerdan entonces con el juicio de la palabra de Dios.
IGNOR. —¿Qué son buenos pensamientos acerca de
Dios?
CRIST. —Lo mismo que he dicho acerca de nosotros
mismos: Cuando nuestros pensamientos sobre Dios
concuerdan con lo que dice de El la Palabra, y esto es cuando
pensamos en su ser y atributos, como la Palabra enseña; pero
de esto no puedo ocuparme ahora extensamente. Hablando
solamente de Dios en sus relaciones con nosotros, tenemos
pensamientos buenos y rectos El, cuando pensamos que nos
conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y puede ver el
pecado en nosotros, cuando nosotros no lo veamos en
manera alguna en nosotros mismos; cuando pensamos que
conoce nuestros pensamientos más íntimos, y que nuestro
corazón, con todas sus profundidades, está siempre
descubierto a sus ojos; cuando pensamos que todas nuestras
justicias hieden ante El, y, por tanto, no puede sufrir que
estemos en su presencia con confianza alguna en nuestras
obras, aun las mejores.
IGNOR. —¿Te parece que soy tan necio que crea que
Dios no ve más que lo que yo veo, o que me atrevería a
presentarme a Dios aun con la mejor de mis obras?
CRIST. —Pues entonces, ¿cómo piensas en este asunto?
IGNOR. —Pues, para decirlo en pocas palabras, creo
que es necesario tener fe en Cristo para ser justificado.
CRIST. —¿Cómo piensas que puedes tener fe en Cristo,
cuando no ves tú necesidad de El, ni conoces tus debilidades,
ni originales ni actuales; antes bien, tienes de ti mismo y de
lo que haces una opinión tal, que prueba muy claramente que
nunca has visto la necesidad de la justicia personal de Cristo
para justificarte delante de Dios? ¿Cómo, siendo esto así,
puedes decir: Yo creo en Cristo?
IGNOR. —Creo bastante bien, a pesar de todo eso.
CRIST. —¿Y cómo crees?
IGNOR. —Creo que Cristo murió por los pecadores, y
que seré justificado delante de Dios y libre de la maldición,
mediante que El acepta graciosamente mi obediencia a su
ley; o, para decirlo de otra manera: Cristo hace que mis
deberes religiosos sean aceptables a su Padre, en virtud de
sus méritos, y de este modo, yo soy justificado.
CRIST. —Permíteme que conteste a esta tu confesión de
fe:
1°, Crees con una fe fantástica, porque tal fe no la
encuentro así escrita en ninguna parte de la Palabra.
2°, Crees con una fe falsa, porque quita la
justificación de la justicia personal de Cristo y la
aplica a la tuya propia.
3°, Esa fe hace que Cristo sea el que justifica, no tu
persona, sino tus acciones, y luego tu persona por
causa de tus acciones, y esto es falso.
4º, Por tanto, esta fe es engañosa, y tal que te dejará
bajo la ira en el día del Dios Altísimo, porque la
verdadera fe justificante hace que el alma,
convencida de su condición por la ley, acuda por
refugio a la justicia de Cristo (cuya justicia no es un
acto de gracia, en el cual; que tu obediencia sea
aceptada por parte de Dios y la justificación, sino su
obediencia personal a la ley en hacer y sufrir por
nosotros lo que aquélla exigió de nosotros). Esta
justificación, digo, la verdadera fe la acepta, y bajo
su manto el alma está abrigada, y por ello se
presenta sin mancha delante de Dios, y es aceptada
y absuelta de la condenación.
IGNOR. —Pero qué, ¿quieres que nos confiemos en lo
que Cristo ha hecho en su propia persona sin nuestra
participación? Esta fantasía daría rienda suelta a nuestras
concupiscencias, y nos permitiría vivir según nuestro propio
antojo; porque, ¿qué nos importaría el cómo viviésemos, si
podemos ser justificados de todo por la justicia personal de
Cristo con sólo tener fe en ella?
CRIST. —Ignorancia te llamas, y es mucha verdad; eso
eres, y esa tu última contestación lo pone en evidencia,
ignorante estás de lo que es la justicia que justifica, y
también ignorante de cómo has de asegurar tu alma por fe de
la terrible ira de Dios. También ignoras los verdaderos
efectos de esta fe salvadora en la justicia de Cristo, que son:
inclinar y ganar el corazón a Dios en Cristo, que ame su
nombre, su palabra, sus caminos y su pueblo, y no como tú,
en tu ignorancia, te lo imaginas.
ESPER. —Pregúntale si alguna vez se le ha revelado
Cristo desde el cielo.
IGNOR. —¿Cómo? ¿Eres tú de los que creen en
revelaciones? Vaya, creo que lo que tú y comparsa decís
sobre materia no es más que el fruto de un cerebro
desordenado.
ESPER. —Pero hombre, Cristo está tan escondido en
Dios de la compresión natural de la carne, que nadie puede
conocerle de una manera salvadora, si Dios, el Padre, no se
lo revela.
IGNOR. —Esa será tu creencia, pero no la mía, y, sin
embargo, no dudo de que la mía sea tan buena como la tuya,
aunque mi cabeza no esté como la de ustedes.
CRIST. —Permitidme que tercie aquí con una palabra:
no se debe hablar tan ligeramente de este asunto, porque yo
afirmo rotunda y resueltamente lo mismo que mi buen
compañero: que ningún hombre puede conocer a Jesucristo
sino por la revelación del Padre. Más aún: Que la fe, por la
cual el alma se hace de Cristo para ser una fe recta, ha de ser
operada por la supereminente grandeza de su poder. De esta
operación de la fe percibo que nada sabes, pobrecito
Ignorancia. Despiértate, pues, reconoce tu propia miseria y
acude al Señor Jesús, y por su justicia, que es la justicia de
Dios (porque él mismo es Dios), serás librado de la
condenación.
IGNOR. —Andáis muy de prisa; no puedo andar a
vuestro paso; idos delante; tengo que detenerme todavía.
Y se despidió de ellos.
Entonces dijo Cristiano a su compañero:
CRIST. —Vamos, pues, buen Esperanza; está visto que
tú y yo hemos de andar otra vez solitos.
Dieron, pues, a caminar a buen paso, mientras
Ignorancia los seguía cojeando; y mientras caminaban les oí
el siguiente diálogo:
CRIST. —Mucha lástima me da este pobre. Creo que al
fin lo va a pasar muy mal.
ESPER. —Desgraciadamente, hay muchísimos en
nuestra ciudad que están en la misma condición, familias
enteras y aun calles enteras, y eso que son también
peregrinos, y si hay tantos entre nosotros, calcula cuántos
habrá en el lugar donde él nació.
CRIST. —Sí, dice la verdad la Palabra: “Les ha cerrado
los ojos para que no vean...”
Pero ahora que estamos otra vez solitos, dime: ¿qué te
parece de tales hombres? ¿Crees tu que alguna que otra vez
tengan convicción de pecado y, por consiguiente, temores de
que están en estado peligroso?
ESPER. —Esa pregunta nadie mejor que tú misino
puede contestarla, pues eres mayor que yo.
CRIST. —Mi respuesta es que, a mi parecer, es posible:
las tengan alguna que otra vez; pero siendo por naturaleza
ignorantes, no comprenden que esta convicción tiende a su
provecho, y buscan de todos modos ahogarla, siguen
presuntuosamente adulándose a sí mismos en el camino de
sus propios corazones.
ESPER —En efecto, también yo creo como tú que el
miedo sirve mucho para bien de los hombres y para hacerles
ir derechos al principio de su peregrinación.
CRIST. —De eso no podemos dudar que es bueno, por
eso así lo dice la Palabra: “El temor de Jehová es el principio
de la sabiduría”.
ESPER. —¿Cómo podrías tú describir el miedo que es
bueno?
CRIST. —El miedo bueno se describe por tres cosas:
1º, Por su origen, es causado por las convicciones
salvadoras de pecado.
2º, Impele al alma a asirse de Cristo para salvación.
3º, Engendra y conserva en el alma una gran
reverencia a Dios y a su Palabra y a sus caminos,
manteniéndola tierna y haciéndola temerosa de
volverse de ellos a diestra y siniestra, o hacer cosa
alguna que pudiera deshonrar a Dios, alterar su paz,
contristar al Espíritu Santo, ser causa de que el
enemigo hiciese algún reproche.
ESPER. —Estoy conforme; creo que has dicho la
verdad. ¿No hemos salido todavía del terreno encantado?
CRIST. —Pues qué, ¿te cansa esta conversación?
ESPER. —No por cierto; pero quisiera saber dónde
estamos.
CRIST. —Aún nos falta como una legua que andar para
salir de él; pero volvamos a nuestro asunto. Los ignorantes
no conocen que tales convicciones que les atemorizan para
su bien, y por esto procuran ahogarlas.
ESPER. —¿Y cómo procuran ahogarlas?
CRIST. —1°, Creen que esos temores son obra del
demonio (aunque en verdad son de Dios), y así los resisten
como cosas que tienden directamente a su ruina. 2°, Piensan
también que los tales temores tienden a perjudicar su fe,
cuando, ¡desgraciados de ellos!, no tienen ninguna, y por
esto endurecen su corazón contra ellos. 3°, Suponen que no
deben temer, y por esto, a pesar de sus temores, se hacen
vanamente confiados. 4°, Opinan que estos temores tienden a
rebajar su antigua y miserable propia santidad, y por esto los
resisten con toda su fuerza.
ESPER. —Algo de esto he experimentado yo mismo,
porque antes de convencerme a mí mismo me pasó lo que
acabas de decir.
CRIST. —Bueno, dejaremos ya por ahora a nuestro
vecino Ignorancia, y nos ocuparemos de otra cuestión
provechosa.
ESPER. —Enhorabuena; pero te suplico que la
propongas también tú otra vez.
CRIST. —Pues bien; ¿conociste allá en tu tierra, hace
cosa de unos diez años, a un tal Temporario, que era
entonces un hombre bastante fervoroso en religión?
ESPER. —¡Oh! Sí, no lo he olvidado; vivía en
Singracia, pueblo que dista cosa de media legua de
Honradez, y su casa estaba inmediata a la de un tal Vuelveatrás.
CRIST. —Tienes razón. Vivía con él bajo el mismo
techo. Bueno, pues ese estuvo una vez muy despierto; creo
que entonces tenía alguna convicción de sus pecados y de la
paga que se les debe.
ESPER. —Así era, efectivamente. Su casa no distaba
más que una legua de la mía, y solía muchas veces venir a mí
y con muchas lágrimas; en verdad que me daba lástima, y no
perdí del todo mis esperanzas sobre él; pero está visto que no
son cristianos todos los que dicen: ¡Señor, Señor!
CRIST. —Me dijo una vez que estaba resuelto a ir en
peregrinación, como hacemos nosotros ahora; pero de
repente tuvo conocimiento con un tal Sálvese-él-mismo, y
entonces ya dejó mi amistad.
ESPER. —Pues ya que hablamos de él, inquiramos la
razón de su repentina apostasía y de la de otros como él.
CRIST. —Nos podrá servir de mucho provecho; pero
ahora empieza tú.
ESPER. —Pues bien; en mi juicio hay cuatro razones a
ella:
1ª, Aunque están despiertas las conciencias de tales
hombres, sin embargo, sus corazones no se han
cambiado; eso, cuando se amortigua la fuerza de la
culpa, acaba también lo que les inducía a ser
religiosos, y, naturalmente vuelven otra vez a sus
antiguos caminos, así como vemos que el perro
vuelve a su vómito, y la puerca lavada a volcarse en
el cieno. Como he dicho, éstos buscan ávidos el
cielo, sólo a causa de su aprensión y temores de
tormentos del infierno, y una vez entibiada y
resfriada la aprensión del infierno y su temor de la
condenación, se entibian y resfrían también sus
deseos del cielo y de la salvación, y por esto cuando
han pasado su culpa y temor, acaban también sus
deseos y vuelven a sus caminos.
2ª, Otra razón es que sus temores son serviles, es
decir no son éstos temores de Dios, sino temores de
los hombres, y “el temor del hambre pondrá lazo”.
Así aunque aparecen muy ávidos del cielo, mientras
sienten las llamas del infierno alrededor de ellos; sin
embargo, cuando ese terror ha pasado un poco, ya
les vienen otros pensamientos, como son, que es
bueno ser prudente y no arriesgar por lo que no
saben la pérdida de todo, o a lo menos, que no es
bueno meterse en inevitables e innecesarias
aflicciones, y así vuelven a hacer sus paces otra vez
con el mundo.
3ª, También suele ser tropezadero en su camino la
vergüenza que suele acompañar a la religión; son
orgullosos y altivos, y la religión, a sus ojos, es baja
y despreciable; por esto, una vez perdido su sentido
del infierno y de la ira venidera, vuelven a su
antiguo modo de vivir.
4ª, Les parece son muy gravosos la culpa y el
pensar con terror en ella; no les gusta contemplar
sus miserias antes de tiempo; porque aunque tal vez
la primera consideración de esto les haría refugiarse
donde se refugian los justos, y donde estuviesen
seguros, sin embargo, como rehuyen esos
pensamientos de la culpa y del terror, una vez que
ya se han hecho insensibles a sus convicciones y al
temor de la ira de Dios, endurecen voluntariamente
sus corazones, y escogen precisamente los caminos
que contribuyen más a este endurecimiento.
CRIST. —Creo que vas bastante acertado, porque el
fundamento de todo es la falta de un cambio en su corazón y
voluntad, y por eso son semejantes al reo cuando está delante
del juez. Se estremece y tiembla, y parece arrepentirse de
todo corazón; pero la causa de todo esto es el temor que tiene
de la horca y no el odio al delito; dejad si no a tal hombre en
libertad, y seguirá siendo un ladrón y un malvado como
antes, mientras que si hubiera cambiado su corazón, hubiera
cambiado también su conducta.
ESPER. —Ya que yo te he mostrado las razones de la
apostasía de éstos, muéstrame tú ahora la manera de ella.
CRIST. —Voy a hacerlo de buena voluntad:
1°, Apartan sus pensamientos todo lo posible de la
meditación y el recuerdo de Dios, de la muerte y del
juicio venidero.
2°, Abandonan poco a poco, y por grados, sus
deberes privados, como la oración secreta, el
refrenamiento de sus concupiscencias, la vigilancia
sobre si mismos, el dolor de pecados y otros
semejantes.
3°, Luego huyen de la compañía de los cristianos
fervorosos y entusiastas.
4º, Se van enfriando en cuanto a los deberes
públicos, como la lectura y predicación de la
palabra, trato piadoso con otros cristianos, etc.
5º, Ya empieza a gustarles cortar sayos, como se
dice, (criticar) a las personas piadosas, y esto de una
manera infernal, para tener una excusa aparente
para echar fuera la religión, con el pretexto de
algunas debilidades que han descubierto en los que
la profesan.
6º, Después vienen a adherirse y asociarse con
hombres carnales, licenciosos y livianos.
7º, Luego se entregan secretamente a
conversaciones carnales y livianas, alegrándose de
ver cosas semejantes en algunos que son tenidos por
honrados, para disfrazarse con ellos y poder hacerlo
más atrevidamente.
8°, Por fin empiezan a jugar abiertamente con los
pecadillos, llamándolos cosa de poca entidad; y
9º, Endureciéndose de esta manera se manifiestan
enteramente como son. Así, habiéndose lanzado
en el abismo de la miseria, si un milagro de la
gracia no lo previene, perecen para siempre en sus
propios engaños.
En los proximos dias sibire el libro en PDF y ePup para telefonos iOS.